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San Justino Mártir: el filósofo que defendió la fe con razones, no con miedo

«Si vamos a morir, ¿al menos sabemos por qué?»

Esa pregunta es vieja. Se la hicieron cristianos del primer siglo en las cárceles de Roma antes de ser entregados a los leones. Se la hicieron pastores ucranianos en los búnkeres durante el bombardeo de Kiev hace cuatro años. Y se la sigue haciendo cualquier cristiano hispano que se siente solo defendiendo lo que cree en una mesa familiar incómoda.

Hoy 1 de junio, la Iglesia recuerda a un hombre que dedicó su vida adulta y su muerte a contestar exactamente esa pregunta. San Justino Mártir, filósofo del siglo II, primer gran apologeta de la fe cristiana, decapitado en Roma alrededor del año 165 bajo el emperador Marco Aurelio.

Quiero contártelo porque no lo conoces bien, y porque su vida te dice algo muy concreto sobre cómo se vive el cristianismo cuando el mundo a tu alrededor te exige rendirte.

El filósofo que no dejó de pensar al convertirse

Según ACI Prensa y la tradición patrística, Justino nació alrededor del año 100 en Flavia Neápolis, hoy Nablus, en la Cisjordania actual. Familia pagana, formación filosófica. Buscó la verdad recorriendo escuela tras escuela: estoicos, aristotélicos, pitagóricos, finalmente platónicos. Cada una le dio algo. Ninguna le dio lo que buscaba.

El giro de su vida vino por un encuentro casi accidental. Caminando un día por la playa, conversó con un anciano cristiano que le presentó las Escrituras como la verdadera fuente de sabiduría. Justino se convirtió. Pero no abandonó la filosofía. La integró. Se hizo cristiano sin dejar de pensar como filósofo, y dedicó el resto de su vida a explicarle a Roma, en términos que Roma podía entender, qué creían los cristianos y por qué.

Escribió dos Apologías dirigidas al emperador Antonino Pío, al Senado y a los principales magistrados romanos. En ellas defiende a los cristianos contra calumnias frecuentes (canibalismo, ateísmo, incesto, sedición) y explica el bautismo, la eucaristía y la liturgia dominical. Sus textos son la fuente histórica más temprana sobre cómo se celebraba el culto cristiano antes del año 200.

El papa Benedicto XVI lo llamó «el más importante de los Padres apologistas del siglo II». Fue decapitado junto a seis discípulos por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses del Imperio.

Tres retratos de un mismo hombre

En medios cristianos se subrayan hoy distintos aspectos de su figura. La revista Christianity Today, en su perfil histórico, lo resume como el primer pensador que tomó en serio la pregunta de si la fe cristiana es razonable, y lo retrata recorriendo el estoicismo, el aristotelismo, el pitagorismo y el platonismo antes de hallar en Cristo lo que ninguna escuela le había dado. De ese retrato salen tres acentos que vale la pena distinguir:

El santo de la unión entre fe y razón: contra la idea de que el cristianismo es para «gente que no piensa», Justino encarna lo contrario. Era filósofo profesional. Y descubrió que toda búsqueda honesta de la verdad lleva, tarde o temprano, a Cristo.

El primer gran apologeta: el modelo de cómo dialoga el cristiano con su cultura sin renunciar a lo central. Justino habló el lenguaje de Platón para explicar a Cristo. No traicionó el mensaje. Tradujo el lenguaje.

El mártir consciente: no murió en una redada anónima. Lo arrestaron, lo juzgaron, le dieron oportunidad de retractarse, y dijo que no. Sus actas del martirio se conservan. Cuando el prefecto Rusticus le preguntó si pensaba que iría al cielo, contestó: «Lo pienso, no lo pienso simplemente: lo sé con plena certidumbre». Esa certidumbre fue la causa de su sentencia.

Lo que su siglo y el nuestro tienen en común

Hay algo en Justino que la iglesia hispana de 2026 necesita oír, porque vive un momento que no es tan distinto del suyo, en escala más amplia.

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