Treinta años es mucho tiempo para esperar una frase.
El 13 de octubre, un tribunal de Las Vegas condenó a Duane "Keffe D" Davis, de 63 años, a 40 años de prisión por el asesinato del rapero Tupac Shakur, según BBC Mundo y El Colombiano. El Colombiano, que publica el despacho de la agencia AFP, precisa que la jueza Carli Kierny le impuso dos penas que pueden ir de un mínimo de 20 años hasta la cadena perpetua, con una condena de por lo menos cuarenta años de cárcel.
Shakur tenía 25 años. Le dispararon el 7 de septiembre de 1996 en Las Vegas y murió seis días después, según El Colombiano. Su asesinato fue durante tres décadas uno de los casos sin resolver más famosos de Estados Unidos, recuerda BBC Mundo.
Un jurado había declarado culpable a Davis semanas antes. Según BBC Mundo, los fiscales sostuvieron que Davis no disparó, pero ordenó el tiroteo y proporcionó el arma. El caso se reactivó en 2019, cuando Davis publicó unas memorias en las que contaba que iba en el auto desde el que dispararon, recoge El Colombiano. Ahora niega esas confesiones. Su abogado, Michael Sanft, le dijo al jurado: "Ustedes están leyendo un libro que es ficción y no hechos". La defensa anunció que apelará.
Antes de la sentencia, la corte escuchó a la familia. "Él no era solo mi hermano mayor, era también mi figura paternal", dijo entre sollozos Sekyiwa Shakur, la hermana del rapero, según El Colombiano.
La jueza le dijo a Davis:
"No puedes arrebatarle un hombre a su familia".
Y agregó: "Nos tomó 30 años, pero ahora vas a enfrentar a la justicia por lo que hiciste el 7 de septiembre de 1996".
Treinta años de teorías y titulares, y al final una frase que nombra lo que le quitaron a esa familia.
La sentencia le pone fecha a una espera. El duelo de una familia tiene otro calendario. Si en tu casa hay una muerte que todavía espera respuesta, ¿a quién le has llevado esos años?
Segundo toque
La viuda que no dejaba de volver
Jesús les contó a sus discípulos una parábola "para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse" (Lucas 18:1, NVI). En un pueblo había un juez "que no tenía temor de Dios ni consideración de nadie", y una viuda que insistía en pedirle: "Hágame usted justicia contra mi adversario" (Lucas 18:2-3, NVI).



