Hay una cifra que el mundo no está mirando bien
135.000 personas. Esa es la cifra. No es el total de los muertos. No es el total de los desplazados. Es la cantidad de seres humanos que, según el último informe de la Clasificación Integrada de Fases de Seguridad Alimentaria (IPC) sobre Sudán, está en Fase 5: hambruna catastrófica. La última fase antes de la palabra que las agencias evitan usar: muerte por inanición masiva.
Y eso es antes de que empiece a llover.
Lo que dice el último informe de la IPC
El 13 de mayo de 2026 la IPC publicó su actualización trimestral sobre la crisis alimentaria sudanesa. Los números son los siguientes:
- 19,5 millones de personas (el 40% de la población del país) enfrentan niveles altos de inseguridad alimentaria aguda.
- 135.000 personas están en Fase 5, hambruna catastrófica.
- 14 áreas en los estados de Darfur del Norte, Darfur del Sur y Kordofán del Sur están al borde oficial de la hambruna.
- 825.000 niños se espera que sufran desnutrición aguda severa este año.
La cifra global de 19,5 millones es menor a la de 21,2 millones que reportó la IPC el año pasado. Pero ese descenso no es buena noticia. Es la consecuencia de que en algunas zonas donde antes había combates, la situación se estabilizó. En las zonas donde sigue habiendo guerra, los números son peores.
Por qué la temporada de lluvias empeora todo
En julio comienza la temporada de lluvias en Sudán. Para los que vivimos en el trópico, llover es buena noticia: cultivos, ganado, descanso de la sequía. En el cuerno de África en guerra, la lluvia es lo contrario.
Primero porque coincide con la temporada magra: el período entre que se siembra y se cosecha. Las reservas se acaban y todavía no hay nuevo grano. Es el momento del año en que más gente pasa hambre, incluso en años normales.
Segundo porque las carreteras se vuelven impracticables. Los camiones de las agencias humanitarias no pueden llegar a las zonas que más lo necesitan. La comida que ya está almacenada en El-Obeid o en Port Sudán se queda quieta mientras las familias en las aldeas de Darfur la esperan.
Tercero porque las epidemias estacionales (cólera, paludismo, dengue) se disparan con las inundaciones. Y un niño con desnutrición aguda severa no resiste un episodio de cólera. Se va.
El último golpe: la masacre de Norte Kordofán
El 30 de mayo de 2026, según informó Sudan Tribune y confirmó la agencia oficial sudanesa, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) atacaron varias aldeas de la localidad de Bara, en Kordofán del Norte. El gobierno sudanés cifró las víctimas en al menos 60 civiles muertos en las zonas de Um Saadoun y Al-Murra.
No es un evento aislado. Después de que el ejército sudanés recuperó Jartum a comienzos de año, la guerra se desplazó al sur, a la región de Kordofán. Es la línea que separa el Sudán que controla el ejército regular del Sudán que controla la RSF. Y en esa línea, las víctimas son siempre las mismas: civiles que llevan tres años sin saber cuándo van a parar de huir.
Lo que pasa cuando una guerra entra en su cuarto año
Sudán entró este año en el cuarto año de guerra. Y eso, en términos de cobertura mediática, es casi una sentencia de invisibilidad. Las cámaras se cansan. Los titulares migran. Los periodistas que cubrían Sudán fueron rotados a Ucrania, a Gaza, a Israel-Irán, a Líbano. El editor en jefe del diario que tú lees decidió, en algún momento de los últimos meses, que Sudán ya no vendía como antes.
La oración que las agencias humanitarias no rezan
Hay un Salmo que me ha estado rondando esta semana mientras leía los informes. Salmo 22. El que empieza con la frase que Jesús citó desde la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Esa pregunta no es una catequesis sobre el sufrimiento. Es un grito. Lo escribió un autor (la tradición lo atribuye a David) en una situación de aislamiento extremo, rodeado de enemigos, sintiendo que el cielo guardaba silencio. Tres milenios después, el grito sigue cabiendo en cualquier campamento de desplazados de Darfur.
Lo que más impacta del Salmo 22 no es la pregunta del comienzo, sino lo que pasa al final. El autor no recibe respuesta. No hay un versículo donde Dios le explique por qué. Lo que recibe es otra cosa: la convicción, en medio del silencio, de que el Dios al que le grita sigue siendo el que rige las naciones.
"De ti viene mi alabanza en la gran asamblea; ante los que te temen cumpliré mis promesas. Comerán los pobres y se saciarán; alabarán al Señor quienes lo buscan; ¡que vivan para siempre sus corazones!"
Salmo 22:25-26 (NVI)
Léelo con atención. El que escribe está en agonía. Y aún así, profetiza que los pobres comerán y se saciarán. No es un consuelo barato. Es una promesa que el autor no vio cumplirse en su tiempo. Pero la pronunció igual.
Los autores que han pensado serio sobre el sufrimiento de inocentes (Stott, Carson, Lewis) suelen coincidir en este punto: la fe cristiana no resuelve la pregunta del mal con una explicación, sino con un Dios que entra al mal y lo carga. Cristo en la cruz citando este mismo salmo no es una coincidencia textual. Es el centro de una respuesta que no le tapa la boca a Job, pero le hace compañía.
El argumento que se usa para no mirar Sudán
Vas a escucharlo: "Sudán es complicado, hay dos bandos malos, no hay buenos ahí". Es cierto. La RSF y el ejército sudanés tienen las manos sucias. Pero ese argumento se usa, en la práctica, para cerrar la conversación. Y al cerrarla, lo que se cierra es la posibilidad de que alguien en mi cuadra entienda que hay 825.000 niños sudaneses que este año van a desarrollar desnutrición aguda severa, sin importar quién manda en Jartum.
La complejidad política no es excusa para la indiferencia. La pregunta no es a quién apoyar en la guerra. La pregunta es a quién apoyar en la posguerra que ya está pasando dentro de la guerra: las madres, los niños, los desplazados, los pastores cristianos del sur de Kordofán que entran al cuarto año intentando dar consuelo a comunidades que ya no tienen casa.
Lamento, no resolución
No hay forma de cerrar este artículo con una sonrisa. La temporada de lluvias va a llegar la próxima semana. Las carreteras de Darfur se van a cerrar. Las 135.000 personas en hambruna catastrófica no van a ver disminuir su número en julio. Lo más probable es que aumente.
La Biblia tiene un género literario para momentos así. Se llama lamento. Es la oración que no resuelve nada, pero que se queda diciendo el nombre del dolor delante de Dios. Lamentaciones del profeta Jeremías, escrito sobre las ruinas de Jerusalén destruida, es ese género en su forma más pura. Cinco capítulos de poesía que no termina en "todo va a estar bien", sino en "¿O acaso nos has rechazado del todo? ¿Sin medida te has airado contra nosotros?" (Lamentaciones 5:22, NVI). El libro cierra con una pregunta abierta.
Esta semana, en algún momento, abre la Biblia en Lamentaciones 5. Léelo entero. No necesita comentario. Y después, dedica cinco minutos a orar por Sudán: por las 14 áreas en riesgo de hambruna, por los 825.000 niños, por la familia de los 60 muertos en Bara. No vas a poder resolver nada desde tu silla. Pero vas a hacer lo que la fe cristiana lleva tres milenios haciendo: no apartar la mirada cuando el mundo se cansó de mirar.
¿Cuándo fue la última vez que tu oración cargó el nombre de un país que no aparece en tus titulares?



