Banderas de México y Estados Unidos cerca de un escritorio diplomático. Foto: Pexels.

Sheinbaum responde al embajador de Trump: soberanía, no obediencia

Una frase corta, un debate viejo

El martes 2 de junio, en su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo lo que en política exterior se llama "marcar la línea". El embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, había publicado una serie de mensajes y declaraciones pidiendo más cooperación mexicana en operaciones contra el narcotráfico. Algunos de esos mensajes sonaban a instrucción más que a invitación. Sheinbaum respondió con dos palabras que valen un seminario: soberanía y cooperación.

Sheinbaum insistió en que la cooperación debe darse entre iguales, según el reporte de Excélsior, y añadió que el papel del embajador no es definir la política interna de México. La frase fue breve. El subtexto fue largo. Detrás de esa respuesta hay un debate que toca la fe cristiana de manera más directa de lo que suele reconocerse: ¿cómo deben relacionarse los Estados entre sí cuando el problema que comparten es real, pero los métodos para resolverlo son contrarios?

He estado siguiendo esta tensión hace meses. Y la conclusión, al menos provisional, es que la frase de Sheinbaum no es nacionalismo de tribuna. Es una afirmación clásica sobre límites de autoridad. Y la Escritura tiene mucho que decir sobre eso.

Lo que hay debajo de la cooperación

Para entender la línea que Sheinbaum trazó, conviene mirar el contexto. Estados Unidos viene aumentando la presión pública sobre México desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca. El embajador Johnson, según señalan reportes de Milenio, ha usado redes sociales para comentar decisiones internas mexicanas con una frecuencia que no es habitual en la diplomacia entre vecinos. La administración Trump ha hablado, en varios momentos, de "operaciones unilaterales" contra carteles si México no acelera. La amenaza fue pública. La respuesta mexicana, hasta ahora, ha sido firme y mesurada.

El narcotráfico mata mexicanos. La fentanil mata estadounidenses. Las dos cosas son ciertas a la vez. Y las dos cosas exigen cooperación real. Pero cooperación entre Estados no es lo mismo que un Estado dictándole agenda al otro. La frase de Sheinbaum apunta a esa distinción.

Qué se está diciendo en la prensa

Los analistas se dividen. Una parte celebra la respuesta como afirmación de soberanía justa. Otra parte la critica como obstáculo al combate al narco. Y un tercer grupo, más realista, dice algo más interesante: el problema no es Sheinbaum ni Johnson. El problema es que la relación entre los dos países lleva décadas atrapada entre dos visiones incompatibles, y ningún presidente, en ninguno de los dos lados, ha tenido la creatividad política para romper el patrón.

Hay una tentación, especialmente en medios de habla hispana, de leer esto como un capítulo más de la pelea Trump contra López Obrador, ahora con caras nuevas. Esa lectura es perezosa. Lo que está en juego es más viejo. Es el principio de autoridad y los límites que la fe cristiana ha defendido desde Pablo en adelante.

Una carta escrita bajo Nerón

Romanos 13 es uno de los textos más citados, más mal entendidos y más necesarios para pensar política. Pablo lo escribe a una iglesia en Roma, capital del imperio, hacia el año 57. La iglesia romana es pequeña, mixta de judíos y gentiles, y vive bajo Nerón, que todavía no había desatado la persecución sistemática pero ya era un emperador errático. Pablo sabe que sus lectores tienen razones reales para desconfiar del poder político. Y aun así escribe lo que escribe.

Lo que Pablo realmente dijo en Romanos 13

Pablo escribe a una iglesia mixta en Roma, en pleno imperio. Los cristianos están bajo Nerón, que en sus primeros años todavía mantiene cierto orden, pero la persecución va a llegar y Pablo lo sospecha. En ese contexto envía la carta.

«Todos deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él.» , Romanos 13:1 (NVI)

Aquí han pasado dos cosas históricamente. La primera es que muchos lectores cristianos han interpretado esto como un permiso para obedecer a cualquier autoridad en cualquier cosa. Esa lectura es plana. La segunda es que otros lectores han descartado el texto como pro-imperial. Esa lectura también es plana.

Lo que Pablo está diciendo, en su contexto real, es algo más interesante. La autoridad civil es legítima en cuanto cumple su tarea, y su tarea, según el texto, es "promover el bien" y "castigar el mal" (v. 3-4). La autoridad civil no es Dios. Es delegada. Es funcionaria. Y, por lo tanto, está limitada por la misma tarea que la justifica.

Eso significa dos cosas para hoy. Primera: los gobiernos legítimos merecen respeto y obediencia razonable. Segunda: la autoridad de un Estado no se extiende sobre el territorio de otro. Roma no podía, en buena teología bíblica, mandar dentro de los límites del territorio parto. Y, por lo mismo, Estados Unidos no puede, en buena teología bíblica, mandar dentro del territorio mexicano. Cada autoridad tiene su esfera. Cuando una invade la otra, ambas se debilitan.

La soberanía como mayordomía

Hay un autor que en estas discusiones siempre vale releer: Abraham Kuyper, el teólogo y primer ministro holandés del siglo XIX. Kuyper insistió en que cada esfera de la creación, familia, iglesia, Estado, mercado, ciencia, tiene autoridad propia bajo Cristo. Y que el abuso clásico es que una esfera intente reemplazar a otra.

Aplicado a hoy: el Estado mexicano tiene autoridad legítima sobre el territorio mexicano. El Estado estadounidense tiene autoridad legítima sobre el suyo. La cooperación entre los dos es legítima cuando ambos reconocen al otro como esfera con autoridad. Deja de ser legítima cuando uno trata al otro como provincia.

Lo que Sheinbaum dijo, traducido al lenguaje de Kuyper, es esto: México coopera con Estados Unidos como vecino, no como subordinado. Esa es una declaración cristianamente coherente, aunque la presidente no la haya formulado en esos términos.

El narcotráfico es un mal real, y eso no anula la soberanía

Aquí es donde el cristiano serio tiene que sostener dos verdades a la vez sin colapsarlas. El narcotráfico es un mal real. Mata mexicanos en cifras dolorosas: más de 30.000 homicidios al año vinculados directa o indirectamente al crimen organizado. Mata estadounidenses por la fentanil que cruza la frontera (más de 100.000 sobredosis fatales en EE.UU. en años recientes, según los CDC). Mata centroamericanos en la ruta. Destruye familias en los dos lados.

Y a la vez: el remedio no puede ser que un Estado se arrogue jurisdicción sobre otro. Eso, además de ser ilegítimo, no funciona. Las "operaciones unilaterales" que la administración Trump ha sugerido tendrían un costo enorme, no solo diplomático, sino humano. Y, sobre todo, dejarían intacto el problema de fondo: el mercado de consumo estadounidense que financia a los carteles.

La conversación honesta entre vecinos exige dos cosas. Una: que México actúe con seriedad contra los carteles dentro de su propio territorio. Dos: que Estados Unidos reconozca su parte del problema, que es la demanda. Sin esas dos, cualquier cooperación se vuelve teatro.

Pablo escribe en Romanos 13 que la autoridad sirve "para hacer el bien". Hacer el bien, en este caso, no es ceder soberanía. Es coordinarse en cosas concretas: inteligencia financiera, decomiso de armas (la mayoría de las usadas por los carteles entran desde el norte), control de precursores químicos, programas de prevención del consumo. Eso es cooperación entre iguales. Lo otro es presión imperial con etiqueta de cooperación.

Lo que el lector cristiano hispano puede hacer

Si vives en México, lo primero es no caer en la fácil oposición tribal. La defensa de la soberanía nacional no se confunde con la negación del problema. Los muertos en Guanajuato, en Sinaloa, en Tamaulipas son reales. Pedir que el Estado mexicano haga su trabajo es legítimo y bíblico. Lo mismo que pedir que ese trabajo se haga con respeto al estado de derecho.

Si vives en Estados Unidos, lo primero es revisar la conversación que tienes con vecinos y hermanos cristianos sobre México. ¿Se habla como de un país hermano con problemas comunes, o como de un país problema que necesita ser intervenido? La segunda lectura es típica del imperio, y el cristiano hispano que vive en EE.UU. tiene autoridad pastoral para corregirla en su iglesia.

Si vives en cualquier otro país de la región, lo que está pasando entre México y Estados Unidos te toca. La lógica de "operaciones unilaterales" no se queda en una frontera. Es un precedente. Mañana puede aplicarse en Venezuela, en Bolivia, en Colombia, en Ecuador, sobre cualquier país que el Estado fuerte declare un problema. La defensa de la soberanía mexicana, en ese sentido, es defensa de todas las soberanías latinoamericanas.

Pablo, en 1 Timoteo 2, pide oración por reyes y autoridades para que tengamos vida tranquila y piadosa. Esa oración, en este momento, incluye a Sheinbaum, a Trump, a Johnson, y al equipo de seguridad de ambos países. Pedir que Dios les dé temor reverente, sabiduría real y oído para el otro. No es ingenuidad. Es resistencia espiritual.

Sheinbaum, Trump y Johnson en la misma oración

La frase de Sheinbaum del 2 de junio fue breve, pero tocó algo grande. La cooperación entre Estados sólo funciona cuando ambos se reconocen como esferas con autoridad propia bajo una autoridad mayor. Esa autoridad mayor, dice Pablo, no es Washington ni el Palacio Nacional. Es Cristo, ante quien doblará rodilla "todo lo que está en los cielos y en la tierra" (Filipenses 2:10).

Hoy, una acción concreta: ora una vez en voz alta por los tres protagonistas de esta tensión, con sus nombres. Sheinbaum, Trump, Johnson. Pide sabiduría, temor de Dios y oído para el otro. La oración por autoridades no es complicidad con sus errores. Es la forma cristiana de tomar en serio que su tarea afecta vidas.

¿Y si la mejor manera de servir a tu país hoy fuera orar por el gobernante del país vecino?