A mediados del siglo XIX, un botánico ruso llamado Andréi Famintsyn estudiaba algas en un río de agua dulce. Notó que un alga de una sola célula se movía: si recibía una luz brillante, retrocedía un poco hasta encontrar la luz que le convenía.
Lo contó Karl Deisseroth a El País en 2021, y el diario lo recordó el 5 de octubre, cuando este psiquiatra de la Universidad de Stanford ganó el Nobel de Medicina. Dijo entonces que "nada hubiera sido posible sin un botánico del siglo XIX observando algas".
El Instituto Karolinska de Estocolmo otorgó el premio a Deisseroth y a los alemanes Peter Hegemann, de la Universidad Humboldt de Berlín, y Georg Nagel, de la Universidad de Würzburg, por sus descubrimientos sobre "los canales iónicos activados por luz y la optogenética". Según DW, la optogenética permite comprender cómo determinadas células contribuyen al aprendizaje, el miedo, la adicción y el movimiento.
Un interruptor sacado de un alga
A comienzos de la década de 2000, Hegemann y Nagel trataban de entender cómo un alga unicelular, Chlamydomonas, logra desplazarse hacia una fuente de luz, explica El Tiempo. En su superficie encontraron una proteína, la canalrodopsina. Cuando le llega luz azul, abre un canal por el que entran iones con carga y se genera un impulso eléctrico. Además, introducida en otras células, las volvía sensibles a la luz.
Deisseroth llevó la idea a las neuronas. Puso el gen de la canalrodopsina en células nerviosas de ratas, las iluminó con luz azul y obtuvo una señal nerviosa. Publicó el resultado en 2005, y dos años después logró que el interruptor funcionara en el cerebro de ratones vivos, según El Tiempo y Expansión.
La novedad está en la precisión. Según El País, los investigadores pueden escoger grupos muy concretos de neuronas y controlarlos en milisegundos, la escala en la que se comunican. Antes, recuerda El Tiempo, solo se podían observar asociaciones entre unas neuronas y una conducta.
Las aplicaciones médicas van más despacio: DW y BBC Mundo dicen que estas investigaciones podrían conducir algún día a tratamientos para el párkinson y la epilepsia. BBC Mundo cuenta que hay ensayos clínicos en curso para devolver la visión a personas con retinitis pigmentosa.
Tres nombres y muchas manos
En este campo trabajaron muchas personas, y las normas del Nobel solo permiten premiar a tres, recordó el neurocientífico Juan Lerma, del CSIC español, a la agencia EFE, citado por DW. El País menciona a Edward Boyden y Gero Miesenböck, que en 2016 recibieron con Deisseroth un premio de la Fundación BBVA y esta vez quedaron fuera. Lerma considera que los premiados "han hecho méritos suficientes".
Los tres le dijeron a Thomas Perlmann, de la Asamblea Nobel, que era maravilloso recibir el premio junto a los otros dos, a quienes llaman amigos, según Al Jazeera.
Lerma añadió que el Nobel esperó hasta que la técnica "se ha mostrado útil para solventar algún problema humano". Entre las algas de Famintsyn y los ratones de 2007 pasó cerca de siglo y medio. Muchos de los que pusieron piezas en el camino no estarán en Estocolmo el 10 de diciembre.
Eso deja una pregunta para cualquiera que trabaja en algo que todavía no da fruto: ¿cuánto vale un comienzo que nadie va a premiar?
Segundo toque
Los días de los modestos comienzos
Cuando los judíos volvieron del exilio en Babilonia, echaron los cimientos del templo en Jerusalén. Esdras cuenta que muchos gritaban de alegría, pero muchos ancianos que habían conocido el primer templo "prorrumpieron en llanto cuando vieron los cimientos del nuevo templo" (Esdras 3:12, NVI). Después la obra quedó suspendida hasta el segundo año del rey Darío (Esdras 4:24).



