Familia

El padre que se desvanece: 23 millones de hombres en EE.UU. eligen no serlo

Una vez más, en un domingo cualquiera: una mesa puesta, una corbata mal escogida envuelta con cariño, una tarjeta hecha a mano. Y una silla vacía.

Es la silla que, según los datos publicados esta semana, está apareciendo en cada vez más hogares de Estados Unidos.

El próximo domingo se celebrará allí el Día del Padre. Y dos estudios convergentes acaban de poner cifras a algo que muchas familias ya percibían en silencio: el padre, como figura presente en el hogar y como vocación deseada por los hombres jóvenes, se está desvaneciendo.

El 16 de junio, el Pew Research Center publicó una encuesta a 2.242 padres trabajadores que confirma un giro sísmico en cómo se organiza la vida en casa. En 1975, en el 42% de las parejas heterosexuales con hijos menores de 18 años, el padre era el único proveedor y la madre estaba en casa. En 2025 esa proporción bajó al 23%. Hoy, en el 52% de esos hogares, los dos padres trabajan tiempo completo. Era el 31% hace medio siglo.

El dato lo recogieron Bloomberg y NPR el mismo día. No es un capricho ideológico de un think tank. Es un cambio estructural. La forma en que la mayoría de los niños estadounidenses experimentan a sus padres ya no se parece a la de sus abuelos.

Pero el dato más duro vino al día siguiente. El 17 de junio, el Institute for Family Studies, analizando la General Social Survey de la Universidad de Chicago, mostró que la proporción de hombres estadounidenses entre 25 y 45 años que son padres cayó del 67% en 1980 al 53% en 2024. En números absolutos, los hombres de esa franja de edad sin hijos pasaron de 10 millones a 23 millones. Un récord histórico.

Para dimensionarlo: 23 millones de hombres es más que toda la población de Australia. Es prácticamente la población combinada de Quito, Bogotá y Medellín. Toda una nación de hombres en edad fértil que decidieron, o se vieron empujados a decidir, que la paternidad no era para ellos.

El gráfico que parte la historia en dos

El mismo estudio del IFS muestra algo que pocos titulares han subrayado. La caída no es pareja. Es profundamente desigual.

Entre los hombres que se identifican como liberales, la paternidad cayó 21 puntos en cuatro décadas: del 58% al 37%. Entre los conservadores cayó 7 puntos: del 69% al 62%. La brecha actual entre unos y otros es de 25 puntos. Nunca había sido tan ancha.

Y hay otra brecha que recorre el mismo gráfico: la religiosa. Los hombres que asisten regularmente a un servicio de adoración son padres en el 64% de los casos. Los que no asisten a ninguno, en el 50%. La diferencia es la misma que separa una generación de la siguiente.

Quien lea estos números desde una mirada bíblica no debería usarlos como munición de bando. La pregunta no es quién tiene la razón política. La pregunta es por qué los hombres que se inclinan ante un Padre celestial tienden a quedarse cuando son llamados a ser padres en la tierra.

La herida silenciosa de la clase trabajadora

Hay una capa del informe que conviene mirar despacio, porque toca de manera directa a millones de niños. Entre los hombres sin título universitario, lo que el estudio llama clase trabajadora, la paternidad dentro del matrimonio pasó del 58% en los años ochenta al 34% en 2024. Mientras tanto, la paternidad fuera del matrimonio subió del 12% al 23%.

Dicho de manera sencilla, estos números muestran que no solamente hay menos niños naciendo. También hay más niños creciendo sin la presencia cotidiana de un padre bajo el mismo techo.

La ausencia paterna ya no es una realidad limitada a contextos marginales. Se ha convertido en una experiencia cada vez más común y en una de las heridas silenciosas de nuestra sociedad.

Este dato, sin postura partidista, es lo que la consejería pastoral ve a diario. Hijos buscando rastros de padre en el coach del equipo, en el pastor, en el tío, en el novio de mamá, en el algoritmo de TikTok. El hambre de una voz masculina que diga "estoy aquí" no se inventa. Está documentada.

La otra cara de la historia

Antes de seguir, hay un contrapunto que merece estar en negrita en la mente del lector. El demógrafo Lyman Stone, también del IFS, publicó el 15 de junio un análisis sobre uso del tiempo entre 1930 y 2024. La conclusión es asombrosa.

Los padres estadounidenses que sí están presentes nunca habían dado tanto. En 1965 dedicaban menos de 10 horas semanales al cuidado de los hijos y a las labores del hogar. En 2024 dedican alrededor de 30 horas. Conviven con sus hijos casi 45 horas a la semana. Es el nivel más alto jamás registrado.

Estamos entonces ante dos verdades simultáneas, que el dato confirma sin pedir permiso a ninguna ideología:

Muchos hombres no llegan a ser padres. Los que llegan, dan más que nunca.

La Biblia contempla la paternidad desde una perspectiva muy distinta a la de la cultura contemporánea. No presenta a los hijos como un obstáculo para la realización personal, sino como una bendición confiada por Dios.

"Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa" (Salmo 127:3, NVI).

En una época que suele medir el valor de las decisiones por la comodidad que producen, la Escritura recuerda que los hijos no son una carga que limita el futuro, sino un regalo que Dios pone en nuestras manos.

Esa fractura merece una lectura bíblica más fina que la nostalgia por los años cincuenta y más esperanzada que el catastrofismo demográfico. La Escritura tiene algo concreto que decir sobre ambos lados de la grieta.

El nombre que sostiene cada apellido

Cuando Pablo escribe a los efesios, está preso en Roma, dirigiéndose a una comunidad mayoritariamente gentil que vivía rodeada del culto a Artemisa, una sociedad donde la paternidad romana era casi un asunto jurídico: el padre decidía si reconocía o no al recién nacido. Era posible, legal y frecuente, abandonar a un hijo recién nacido a la intemperie. Es desde esa cultura, no desde la nuestra, que Pablo se arrodilla y escribe estas palabras:

"Por esta razón me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra" (Efesios 3:14-15, NVI).

La frase es densa. Cada familia humana, dice Pablo, recibe su nombre del Padre celestial. La palabra griega que usa, patriá, no significa apenas "familia": significa "linaje que toma su nombre de un padre". Es decir, antes de que existiera ningún padre humano, existió el Padre. Toda paternidad terrena es derivada, eco, reflejo imperfecto de la única paternidad eterna.

Aplicado al hoy, esto cambia el peso de la noticia. Cuando un hombre se vuelve padre, no asume un rol cultural opcional. Asume un icono. Una imagen viva del Padre que sostiene todo. Cuando 23 millones de hombres optan por no serlo, no es solo demografía: es un mundo con menos ventanas hacia Dios Padre.

Esto se dice sin culpar a quien no ha podido casarse, a quien no ha podido concebir, a quien lleva años esperando. La Escritura conoce esa espera, la nombra y la acompaña con ternura. Lo que se dice es otra cosa: la cultura que presenta la paternidad como obstáculo para realizarse no está liberando a los hombres. Está cerrando ventanas hacia Dios.

El Padre de los que crecieron sin uno

Si te toca leer esto desde el otro lado de la grieta, porque creciste sin padre presente, o porque tu papá murió temprano, o porque sigues procesando un abandono que nunca tuvo explicación, hay un texto de los Salmos que no es retórico. Es promesa.

"Padre de los huérfanos y defensor de las viudas es Dios en su santa morada" (Salmo 68:5, NVI).

Este salmo se cantaba cuando el arca subía a Jerusalén. David lo compuso para una procesión solemne, en una cultura del antiguo Israel donde quedarse huérfano significaba quedarse expuesto, sin defensa legal ni económica. En ese contexto, Dios no se presenta como rey lejano. Se presenta como Padre concreto de los que no tienen padre. Como abogado de las viudas. La imagen es jurídica, defensiva, militante a favor del débil.

Si la estadística estadounidense indica que cada vez más hijos van a crecer sin un padre bajo el mismo techo, la iglesia tiene una vocación clarísima por delante. Ser el lugar donde esos hijos encuentren la paternidad del Padre celestial, mediada por hombres y mujeres que los acompañen sin reemplazar al ausente. Mediada por una comunidad que se acuerde de sus nombres.

June Hunt, una consejera bíblica que ha trabajado durante décadas el tema de la herida del padre, suele decir que la sanidad no comienza cuando el padre terreno pide perdón. Comienza cuando el hijo aprende a recibir, de verdad, que Dios mismo se ha presentado como Padre. Esa transferencia no es automática. Cuesta. Toma años de oración, de Biblia, de comunidad. Pero ocurre.

Lo que el corazón del padre todavía puede hacer

Hay otra promesa, esta vez al cierre del Antiguo Testamento, que parece escrita para una semana como esta. Es el último versículo de Malaquías, el último profeta antes de cuatrocientos años de silencio antes de Cristo. El Señor anuncia el envío de un mensajero, Elías, con una misión muy específica:

"Él hará que los padres se reconcilien con sus hijos, y los hijos con sus padres; de lo contrario, vendría yo a herir la tierra con destrucción total" (Malaquías 4:6, NVI).

Es notable que la última palabra del canon hebreo no sea sobre el templo, sobre el rey o sobre la nación. Es sobre la relación padre-hijo. Dios cierra el Antiguo Testamento diciendo que la reconciliación generacional no es un detalle sentimental: es la diferencia entre una tierra bendecida y una tierra arruinada. Cuatrocientos años después, en el primer capítulo de Lucas, el ángel le dice a Zacarías que su hijo Juan vendrá "para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos" (Lucas 1:17, NVI). El precursor de Cristo tiene tarea de reparación familiar.

El evangelio no es solamente perdón individual. Es restauración de vínculos cortados. Cristo, el Hijo eterno que se hizo carne, vino a reconciliar primero al ser humano con el Padre, y de ese encuentro brotan, como aguas que bajan del monte, las reconciliaciones humanas. Padre con hijo. Hijo con padre. Padrastro con hijastro. Abuelo con nieto que ya no llama. Padre adoptivo con quien le costó aceptarlo. Ese es el oficio del Espíritu, no solo del terapeuta familiar.

El punto medio que la cultura no nombra

Frente a una noticia así, dos extremos suelen aparecer rápido. Uno romantiza una época pasada como si los años cincuenta hubieran sido un paraíso doméstico, ignorando heridas reales que también vivieron las familias de entonces. El otro celebra la caída del modelo como liberación, ignorando lo que las cifras muestran sobre los hijos que crecen sin padre.

Hay un punto medio bíblico. Ni nostalgia idolátrica, ni desprecio cultural por la paternidad. Lo que la Escritura sostiene es algo más sobrio y más exigente: que la paternidad es una vocación de servicio, sacrificio y presencia, no un trofeo social ni una opción para llenar el tiempo libre. Y que la maternidad es igual de irreemplazable, sin que la una compita con la otra.

El dato de Pew sobre el 52% de hogares con ambos padres trabajando tiempo completo no se lee, desde una mirada bíblica, como una derrota moral. Las realidades económicas son reales, los costos de vivienda son reales, las vocaciones profesionales de las mujeres son reales. Lo que la fe pide no es volver atrás en el reloj. Pide algo más difícil: que la casa siga siendo casa cuando los dos vuelven cansados. Que el cansancio no termine devorando lo que importa. Que el tiempo escaso se gaste donde más siembra.

Una pregunta para el domingo que viene

Y aquí va una pregunta directa, para sostener en oración esta semana. Si eres padre, ¿qué clase de imagen del Padre celestial está conociendo tu hijo en ti? No por tus palabras. Por las casi 45 horas semanales que el estudio dice que los padres comprometidos hoy pasan con sus hijos. ¿Qué está aprendiendo sobre Dios Padre en cómo lo escuchas, lo corriges, lo perdonas, lo bendices, lo abrazas?

Si no eres padre, ¿qué hijo de tu iglesia, de tu cuadra, de tu familia extendida, está esperando que alguien le diga "estoy aquí" sin pretender reemplazar a nadie? La paternidad espiritual no es invento sentimental. Pablo se llamó padre de los corintios, padre de Timoteo, padre de Onésimo. Eso es bíblico.

Y si eres hijo o hija que creció con una silla vacía, ¿qué pasaría si esta semana, antes del Día del Padre estadounidense, oraras solo con el Salmo 68:5 abierto delante de ti, dejando que Dios sea, despacio, lo que tu padre terreno no pudo o no supo ser? No para reemplazar la memoria. Para sanarla.

La silla que el Padre nunca deja vacía

Esta semana, en miles de iglesias hispanas en Estados Unidos y América Latina, se va a predicar sobre la paternidad. La tentación natural será celebrar a los padres presentes y olvidar a los hijos sin padre. O viceversa: tanto cuidado pastoral con los huérfanos que se olvide bendecir a los papás cansados que sí están ahí.

Vale la pena hacer las dos cosas. Bendecir y reparar. Una acción concreta para este domingo: si conoces a un papá joven que está luchando con todo eso a la vez, mándale un mensaje esta semana solo para decirle que lo que está haciendo importa, que las horas que da a sus hijos importan, que está construyendo algo que ningún algoritmo va a contabilizar. Y si conoces a un hijo o hija que va a pasar el Día del Padre con un vacío, abrele tu mesa o tu llamada. No para reemplazar al ausente. Para nombrar, con presencia, que el Padre celestial sí está.

La estadística dice que en Estados Unidos hay 23 millones de hombres jóvenes que decidieron no ser padres. La Biblia responde con otra estadística silenciosa: hay un solo Padre en los cielos, de quien recibe nombre toda familia, y Su silla nunca está vacía. Mientras Él siga sentado allí, ninguna mesa, por más vacía que parezca, queda del todo sin Padre.