Treinta y nueve voluntarios y una línea que la medicina no había cruzado nunca
Hay detalles que parecen pequeños hasta que uno se detiene a sostenerlos en la mano. Treinta y nueve personas sanas, entre dieciocho y cincuenta años, recibieron este invierno la primera vacuna del mundo cuyo principio activo no lo diseñó un científico ni un equipo de virólogos. Lo diseñó una computadora. Una máquina que estudió todas las secuencias geneticas del grupo Sarbeco coronavirus disponibles globalmente, identifico los rasgos estructurales que comparten esos virus, y propuso una proteína sintética que la inmunidad humana pudiera reconocer en todos ellos a la vez.
La Universidad de Cambridge anunció hoy los resultados del primer ensayo en humanos. La vacuna se llama pEVAC-PS y fue desarrollada por la empresa DIOSynVax, una spin-out de la universidad fundada en 2017. El estudio se realizó en los centros del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido en Southampton y Cambridge, y los datos fueron publicados esta misma semana en el Journal of Infection. No hubo efectos secundarios significativos. La vacuna generó respuesta inmune no solo contra SARS-CoV-2, sino contra el SARS original de 2003 y contra varios coronavirus de murciélago que aún no han saltado a humanos.
Esa última frase es la que vale la pena leer dos veces.
Lo que la IA hizo distinto
La forma tradicional de fabricar una vacuna es reactiva. Aparece un virus, los científicos lo estudian, identifican una proteína de superficie, la replican, la entregan al sistema inmune. Eso funciona, pero funciona después del estallido. La pandemia del 2020 nos enseñó cuántos meses pesa ese "después".
ITV News explicó la diferencia esta semana. La IA, alimentada con datos genéticos de miles de virus emparentados, busca lo común. Identifica qué tienen en común todos los Sarbeco que han existido y los que podrían existir mañana. Diseña un antígeno sintético, llamado super-antigen en la jerga, que enseñe al cuerpo a reconocer ese parecido. La idea no es responder al virus del momento; es entrenar al sistema inmune para los virus que aún no han nacido.
"Hemos convertido el desarrollo de vacunas, de algo reactivo, en algo preparado para el futuro", dijo el profesor Jonathan Heeney, del Laboratorio de Zoonosis Virales de Cambridge, citado por la propia universidad. La frase, dicha por un científico, no tiene exageración. Es descripción técnica.
Una escala que Génesis no imaginó ni prohibió
Cuando un cristiano lee una noticia así, suele suceder una de dos cosas. O la lee con asombro genuino, recordando que la inteligencia humana es regalo de Dios, o la lee con sospecha, sintiendo que algo más en la creación se nos está escapando de las manos. Las dos reacciones tienen algo de razón. Ninguna de las dos lo dice todo.
El relato de Génesis 1 incluye una bendición y un encargo. "Fructifiquen y multiplíquense; llenen la tierra y sometanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo" (Génesis 1:28 NVI). La palabra que se traduce "sometan" es kavash, y no es palabra suave. Implica esfuerzo activo, conquista en sentido de mayordomía. La ciencia, cuando es honesta consigo misma y con sus límites, encarna parte de ese mandato. Estudiar un virus es someterlo. Diseñar una vacuna es someterlo más. Hacerlo con ayuda de una máquina entrenada con miles de millones de datos genéticos es someterlo en una escala que Génesis no imaginó pero que Génesis tampoco prohibió.
El temor honesto del lector cristiano
Si estás siguiendo esta noticia con cierta sospecha, quiero decirte que tu sospecha no es supersticiosa. Es teológica.
El asombro como respuesta cristiana primera
Cuando David escribe el Salmo 8, está mirando el cielo nocturno del desierto. No tiene telescopios, no tiene microscopios, no tiene secuenciación de genoma. Solo tiene ojos y silencio. Y desde ese silencio dice: "Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: ¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?" (Salmo 8:3-4 NVI).
David escribe pastoreando ovejas, no en una academia. Le habla a un Dios que considera al hombre. Y la conclusión del salmo no es timidez ante la creación, es asombro ante quien la hizo, y ante el hecho de que ese mismo Creador le confió al hombre el cuidado de la tierra y sus criaturas.
Cuando los científicos de Cambridge, esta semana, miran datos genéticos de coronavirus que aún no han infectado humanos y dicen "esta proteína sintética podría protegernos del próximo virus", están haciendo, sin saberlo, lo que David hizo en su salmo: nombrar la grandeza de Dios sometiendo lo creado con asombro. Sin asombro, la ciencia se vuelve arrogancia. Con asombro, sigue siendo lectura del segundo libro de Dios.
Calvino y Kepler lo llamaron así. La Biblia es el primer libro, la creación es el segundo. La ciencia honesta es leer el segundo libro con humildad. La fe honesta es leer el primero sin convertirlo en libro de ciencia.
Lo que la teología pide cuestionar
Hay también un trabajo crítico que la fe le hace a este tipo de descubrimientos. Y conviene nombrarlo, porque sin él el cristiano se vuelve aplaudidor automatico de cualquier avance.
Primero, la pregunta por el límite. Si una IA puede diseñar una vacuna contra virus que aún no existen, ¿puede también diseñar virus que aún no existen? La respuesta técnica es: sí, podría. La pregunta cristiana es: ¿quién decide qué hace con ese poder? Esa pregunta no la responde el laboratorio. La responde la conciencia humana formada en la verdad.
Segundo, la pregunta por la equidad. Treinta y nueve voluntarios en Southampton y Cambridge no son toda la humanidad. Si esta tecnología funciona, ¿quién pagará el costo de distribuirla a los países más vulnerables? La pandemia anterior nos enseñó que la inequidad en vacunas no es una imprevisto técnico, es una elección politica. La iglesia, que tiene presencia en los rincones donde no llegan los laboratorios, debería ya estar pensando esa pregunta.
Tercero, la pregunta por la tentación de omnipotencia. Babel no fue castigada por construir alto. Fue corregida porque la construcción tenía un proyecto explicito en el corazón: "hagámonos famosos. De lo contrario, nos esparciremos por toda la tierra" (Génesis 11:4 NVI). El pecado no era la torre, era el "hagámonos famosos". Cada vez que la ciencia avanza, hay un riesgo paralelo: que el éxito técnico se traduzca en olvido del Creador. Ese olvido no lo evita el laboratorio. Lo evita el corazón humano.
Lo que sí podemos celebrar sin reservas
Lo que se anunció hoy en Cambridge es, en términos humanos, una buena noticia. Pandemias futuras podrían ser prevenidas antes de empezar. Familias podrían no perder a sus padres como muchos los perdimos en el 2020 y el 2021. Comunidades enteras podrían no quedar paralizadas como quedaron las nuestras. Esa es una bendición concreta, no una abstracción.
Cuando Jesús sanaba enfermos en Galilea, no estaba diciendo que la salud es el evangelio. Estaba diciendo que el Reino que se acercaba traía sanación como signo. Los antibióticos, las vacunas, los tratamientos contra el cáncer, son sombras de esa promesa final. Apocalipsis 21:4 promete un día en que "ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor" (NVI). La vacuna no es ese día. Pero anticipa, en escala pequeña, la dirección del relato.
Lo que un padre o pastor cristiano puede hacer esta semana
Si estás criando a un hijo en edad escolar que ya está pensando en estudiar medicina, ingeniería biomedica, o ciencia de datos: háblale de esta noticia. No para impresionarlo, para invitarlo. Que sepa que un cristiano puede estudiar Sarbeco coronavirus a las 9 de la mañana y leer el Salmo 8 a las 9 de la noche, y que las dos cosas se sostienen. Que la ciencia rigurosa no es traición a la fe, sino una forma de obedecer a Génesis 1.
Si eres pastor y vas a predicar este domingo: considera abrir el Salmo 8 con tu congregación. No para regañar a nadie, ni para alabar al laboratorio. Para recordarle a tu iglesia que el asombro sigue siendo la primera respuesta cristiana cuando aparece algo nuevo.
Si tienes en tu iglesia a un científico, un médico, un ingeniero o una enfermera: dile que su trabajo no es secundario al ministerio. Es ministerio. La ciencia leida con asombro es liturgia, aunque no se nombre así.
Mantener el asombro intacto
Hace 400 años Galileo miró por su telescopio y notó que Júpiter tenía lunas. Hace cien años Einstein imaginó que el espacio podía curvarse. Esta semana, en Cambridge, una computadora propuso una proteína sintética para protegernos de virus que aún no existen. Cada uno de esos momentos tuvo, en su tiempo, a cristianos que aplaudieron, a cristianos que temieron, a cristianos que ignoraron, y a cristianos que se postraron.
David se postró. Es la respuesta cristiana primera. "¿Qué es el hombre, para que en él pienses?" (Salmo 8:4 NVI). Si esta noticia te genera asombro, no lo reprimas pensando que es ingenuidad. Es teología.



