Cien días con la cuenta abierta
He estado siguiendo esta guerra desde que arrancó el 28 de febrero. Lo que pasó este fin de semana en Beirut, en el norte de Israel y en el cielo del Mar Rojo me ha dejado con una sensación que no quiero dejar pasar sin nombrar: la guerra llegó este lunes 8 de junio a su día 100, y el alto el fuego del 8 de abril que muchos celebramos como el principio del fin está más roto que entero. La guerra que el mundo entero quería terminar todavía no encuentra cómo bajar de la mesa.
El strike a Beirut que cambió la temperatura
El domingo 7 de junio, un ataque aéreo israelí impactó los suburbios del sur de Beirut. El ministerio de salud libanés reportó 2 personas muertas y 20 heridas. Israel dijo que fue una represalia a disparos de Hezbolá hacia el norte de su territorio. Hezbolá había rechazado el 5 de junio el acuerdo de alto el fuego propuesto en Doha y, según su propio comunicado de ese día, ejecutó cerca de 20 ataques contra tropas israelíes en el sur del Líbano.
Iran respondió. El domingo y lunes, seis salvas de misiles iraníes fueron detectadas hacia territorio israelí, según la cobertura en vivo de CBS News. Israel afirmó haberlas interceptado. Irán dijo que el objetivo era la base aérea de Ramat David. Y el lunes 8 de junio, los houthíes en Yemen anunciaron la prohibición total del tráfico marítimo israelí en el Mar Rojo.
Esa es la fotografía del día 100. No es una guerra que ya termina. Es una guerra que descubrió tres frentes que no se habían cerrado.
Trump y la frase que muestra la frustración del mediador
El presidente Donald Trump le habló a Irán este fin de semana. La frase quedó publicada en su red social: «Qué sugiero a Irán: ya dispararon misiles, es suficiente. Vuelvan a la mesa y cierren un acuerdo». La frase se lee como una mezcla extraña de impaciencia y reconocimiento de que el conflicto se le está escapando de las manos al mediador que él mismo se propuso ser.
Es una frase para guardar. No por lo que dice, sino por lo que revela. Cien días después de la muerte del Ayatollah Ali Khamenei en una operación conjunta de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, la administración Trump esperaba que Irán quedara más débil y más dispuesto a negociar. Lo que está pasando es lo contrario. El presidente iraní Masoud Pezeshkian dejó claro que Tehran no abandonó la mesa, pero tampoco abandonó el campo de batalla. Y en política exterior, cuando alguien dice las dos cosas en la misma frase, lo que está diciendo es que va a seguir negociando con los misiles encendidos.
Lo que se está diciendo en las cancillerías
Las narrativas dominantes esta semana son tres y conviene reconocer cada una sin caricatura.
La narrativa israelí dice que la guerra es defensiva y que cualquier suspensión que deje en pie a Hezbolá es una promesa rota. El primer ministro Netanyahu suspendió por ahora los ataques sobre Irán pero advirtió que la pelea contra Tehran y Hezbolá «no terminó». Para el gobierno israelí, no atacar Beirut después de un ataque desde el sur del Líbano sería confirmar que la disuasión ya no funciona.
La narrativa iraní dice que Israel debe parar simultáneamente sus ataques en el sur del Líbano. Sin esa garantía, Irán no acepta el alto el fuego. Esto convierte la negociación en una espiral: cada bando le condiciona el cese al otro y por eso ninguno cesa.
La narrativa europea y latinoamericana dice cada vez con más volumen que el conflicto, después de tres meses, debió haber terminado ya, y que la pasividad del Consejo de Seguridad de la ONU es un fracaso institucional. La crítica es justa. Pero el Consejo no decide guerras, las acompañará. Las guerras las terminan los gobiernos que las inician, y por ahora no hay gobierno en la región dispuesto a ceder primero.
Cuando el mediador se queda sin guion
Hay una pregunta que conviene formular desde el inicio para evitar que el análisis se quede en geopolítica de noticiero. ¿Qué se le pide concretamente a un cristiano hispano cuando una guerra entra a su día 100 sin señales claras de terminar? La respuesta corta es que se le pide aprender a sostener una oración larga. Y eso, en una cultura que mide todo en ciclos de noticias de 48 horas, no es fácil.
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