Leyendo el debate educativo que está atravesando España y rebotando por toda América Latina, encontré una frase que me marcó: «Cuando el Estado convierte la escuela en un instrumento de formación según una determinada ideología, comienza a competir con las familias.»
Esa frase no es una consigna de campaña. Es una constatación que padres y madres están haciendo en silencio, cuando llegan los libros nuevos, cuando aparece una asignatura que no esperaban, cuando el hijo vuelve a casa con preguntas que ellos no eligieron sembrar.
Y quiero decirte algo antes de seguir: este artículo no es sobre estar a favor o en contra de un partido. Es sobre algo más profundo. Es sobre quién forma a tus hijos.
El debate que se está dando ahora mismo
Religión en Libertad, en su edición del 20 de mayo de 2026, plantea lo que llaman la gran batalla educativa: devolver la enseñanza a las familias y limitar el poder del Estado en la formación de cosmovisión.
El argumento de fondo no es nuevo, pero está volviendo con fuerza por una razón concreta: los currículos escolares en varios países hispanos están incorporando contenidos que muchos padres consideran que pertenecen al ámbito familiar (educación afectivo-sexual, identidad, valores morales) sin consulta previa ni opción real de objeción.
En Colombia, por ejemplo, se adelantó entre 2023 y 2024 un proceso de actualización de los Lineamientos Curriculares de Ciencias Sociales con encuentros territoriales. El proceso fue ambicioso, pero el debate sobre quién decide qué cosmovisión transmite la escuela quedó abierto.
Lo que se está diciendo
Hay tres lecturas que se cruzan en este debate, y vale la pena nombrarlas con honestidad.
La primera dice que la escuela pública neutra es imposible: toda escuela enseña una cosmovisión, lo admita o no. Así que la pregunta verdadera no es «neutralidad sí o no», sino «qué cosmovisión».
La segunda dice que los padres están abdicando: muchas familias se quejan del currículo, pero no abren un libro con sus hijos en toda la semana. La escuela termina ocupando un vacío que la casa dejó.
La tercera, la que más se escucha en círculos cristianos, dice que el problema es estructural y legal: cuando el Estado convierte un valor controvertido en contenido obligatorio sin objeción de conciencia, está obligando a familias a delegar formación moral en contra de su voluntad.
Las tres tienen algo de verdad. Y reducirlas a una sola es perder el tema.
Por qué importa desde la fe
Hay un mandato bíblico que en este debate no se puede esquivar:
_»Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.»_ – Deuteronomio 6:7 (NVI)
Moisés le habla a un pueblo recién libre de Egipto. Y la primera responsabilidad que le encarga no es construir templos. Es enseñar a los hijos, dentro de la casa, con repetición y vida cotidiana.
Eso confronta profundamente mi corazón. Porque es muy fácil culpar al currículo. Pero la Escritura no me deja salir del banquillo: la formación primaria de mis hijos es mía. No del ministerio de educación, ni de la escuela, ni siquiera de la iglesia.
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