Los lunares que Yayoi Kusama pintó durante toda su vida no eran un estilo. Eran lo que veía.
La artista japonesa murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, a los 97 años, por un fallo multiorgánico, según informó Al Jazeera con datos de AP y Reuters. Su empresa lo anunció el 27 de agosto y ese mismo día lo reportaron El Mundo y La Tercera. Había nacido en Matsumoto el 22 de marzo de 1929 y desde niña convivió con alucinaciones: puntos que se multiplicaban, redes que cubrían las cosas, superficies que no terminaban nunca. En lugar de callarlas, las pintó.
De ahí salieron los cuadros de lunares, las calabazas y las Salas de Espejos Infinitos, esas habitaciones donde entras y te ves repetido hasta donde alcanza la vista. Para dimensionar lo que provocaban: el museo Hirshhorn, en Washington, recibió 475.000 visitantes durante la muestra de 2017, según CNN. Gente haciendo fila durante horas para estar unos segundos dentro de una habitación que parece no acabarse.
Lo que veía desde niña
Conviene decirlo sin adornos: lo que Kusama vivía era una enfermedad. El País resume su trabajo como una obra "de aspecto colorista que escondía múltiples capas de oscuridad". Ella misma lo dijo con naturalidad en 2017, en una cita que recoge Al Jazeera: "Sigo viendo alucinaciones incluso ahora".
No hay nada que romantizar ahí. Lo que llama la atención viene después: no se quedó quieta esperando que aquello pasara. Tomó lo que la atormentaba y lo puso en un lienzo. Su madre rechazaba que se convirtiera en pintora, cuenta La Tercera. Ella siguió de todas formas, desde niña y hasta el final.
La pregunta que siguió haciendo hasta el final
El comunicado que anunció su muerte, citado por La Tercera, dice algo que vale la pena leer despacio: "Continuó pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca de lado su pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma inmortal".
Amor eterno. Alma inmortal. Así describe su propio estudio, en el comunicado de su muerte, lo que ella buscaba. Y describe a una mujer que a los 97 años seguía preguntándose por el amor que no se acaba y por lo que queda de nosotros cuando el cuerpo se detiene.
Y aquí aparece la pregunta de fondo: ¿de dónde sale, en una persona, la necesidad de preguntar por lo que no termina? Hay un libro de la Biblia, Eclesiastés, que le da a esa inquietud un origen concreto.



