Casas de piedra de un poblado de Kyanjin Gompa, en el distrito de Rasuwa (Nepal), bajo las montañas nevadas del Himalaya
Foto: Pustam.EGR / Wikimedia Commons / CC BY 4.0

Inundaciones en Nepal: el duelo de los que siguen esperando

El 26 de agosto un glaciar se desprendió sobre Nepal y el Tíbet. Más de mil muertos, miles de desaparecidos y familias que todavía no pueden despedirse.

Shova Shrestha tiene 33 años y se acerca a cada helicóptero que aterriza en Bidur.

La primera vez que llamó a su esposo, Rajan, el teléfono timbró. Después ya no volvió a dar señal. El 28 de agosto de 2026 llevaba más de un día preguntando por él en la capital del distrito de Nuwakot, en el norte de Nepal, y miraba bajar a cada rescatado por si era él. "Miro cada helicóptero con la esperanza de que se baje de alguno", le dijo a la agencia AP, según recogió Religion News Service.

Ella es una entre miles.

El río creció nueve metros en media hora

La mañana del miércoles 26 de agosto de 2026, en la frontera entre Nepal y el Tíbet, una sección del extremo inferior de un glaciar se desprendió a unos 5.200 metros de altura y cayó cerca de 1.200 metros hasta el fondo del valle, informó Al Jazeera. El Servicio Geológico de Estados Unidos registró primero un sismo de magnitud 4,4 y después corrigió su análisis: no era un terremoto, era el glaciar.

El hielo y la roca taponaron el río Lhende y formaron una represa natural. La represa cedió. Más abajo, en un punto del río Trishuli, el nivel del agua subió nueve metros en media hora, según los climatólogos del Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas. Por delante quedaron los distritos de Rasuwa, Nuwakot y Dhading, y del otro lado de la frontera el condado de Gyirong.

Al 1 de septiembre de 2026, el balance oficial que reportó AP era de 1.003 muertos y 3.916 desaparecidos en Nepal, más 16 muertos y 546 desaparecidos en el Tíbet.

Detente en la proporción, que es lo que casi no se dice. Por cada persona que ya pudieron contar entre los muertos, hay más de cuatro familias que todavía no saben nada.

Las tumbas numeradas de Devghat

El 30 de agosto Nepal empezó a enterrar a sus muertos. En un país de mayoría hindú, donde el rito con los difuntos es la pira funeraria, esa decisión ya dice el tamaño de lo que pasó.

En Devghat, distrito de Chitwan, las autoridades abrieron trincheras y pusieron los cuerpos ahí de forma temporal, informó France 24. Antes tomaron muestras de ADN, fotografiaron los rasgos que sirvieran para reconocer a alguien y numeraron cada tumba con un marcador azul, para que las familias puedan identificarlos y llevárselos después. Un cementerio provisional de gente sin nombre, esperando que alguien venga a reconocerla.

Buena parte de los desaparecidos iban o volvían del monte Kailash, sagrado para el hinduismo, el budismo, el jainismo y la tradición bon. Religion News Service explicó que los peregrinos no suben esa montaña: le dan la vuelta, un circuito de unos 53 kilómetros que toma cerca de tres días. El agua los alcanzó en el camino.

La ayuda llegó rápido. Nepal movilizó más de 30.000 efectivos. El papa León XIV envió un telegrama de condolencia y destinó una ayuda económica a Cáritas Nepal para comida, artículos de primera necesidad y lugares donde dormir, informó Vatican News. El 30 de agosto, en el ángelus, pidió orar "por quienes perdieron la vida, por los heridos y desaparecidos, por sus familias y por los rescatistas".

Todo eso se puede mandar. Dinero, helicópteros, comida, laboratorios de ADN. Lo que nadie le puede mandar a Shova Shrestha es una respuesta.

Ahí está la pregunta que me quedó dando vueltas: ¿qué hace una familia con un duelo que todavía no tiene dónde apoyarse?

La Biblia no la esquiva. Tiene un nombre para la oración que no arregla nada y aun así se queda delante de Dios. Se llama lamento.